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In this light and on this evening (Lucas fic) (III)

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In this light and on this evening (Lucas fic) (III)

Mensaje  Bolly el Jue Mayo 09, 2013 11:55 am

Capítulos 5, 6 y 7

5. An end has a start.

Al final no estaba del todo en lo cierto respecto a su padre. De hecho, tenía tantas cosas con las que ponerse al día y personas a las que ver que todavía todo le sobrepasaba demasiado. Ni siquiera le dejaron recibir ni una maldita carta en todo ese enorme periodo de tiempo. Su estado de aislamiento había sido tal que el contacto con otras personas se hacía raro, además de altamente necesario. Tanto como para desear el momento en que alguien llegara a su celda aunque únicamente fuera para machacarle a palos. O simular ahogarle con agua.
Esa era definitivamente la que más detestaba de todas.
Pero ahora era libre. Libre…sonaba absolutamente desconocido dentro de su cabeza, sin embargo no dejaba de ser cierto. Era libre, no sólo eso, le habían traído directamente a Niamh ofreciéndole un trabajo a cambio de su libertad. Le encantaría conocer a la persona que depositó tal cantidad de confianza en él como para orquestar algo así.
El trabajo, además, tampoco distaba mucho de lo que había hecho. Sólo que bajo diferentes normas que se habían encargado muy bien de recordarle y disfrazado de una oficialidad que obviamente – o eso parecía – tampoco era tal. Tampoco le sorprendía. Aquí se podía hacer un poco lo que se diera la gana. No era de extrañar que dos personas como Sara Schulze y Patrick Bateman fueran quienes tuvieran el poder. Del cual habían decidido cederle una mínima parte. No es de conformarse con lo primero que le dan, pero si eso suponía volver a ser un ciudadano normal de su Isla natal, bienvenido sea.
Igual hasta le acababa gustando. Y esa era la sensación que le dio en cuanto vio aparecer a esa preciosidad rubia de pelo ligeramente ondulado y largo. Se había presentado como Layla Lennox y había estrechado su mano con firmeza. Le había gustado de entrada — aparte de su atractivo físico — su determinación, al menos en el campo profesional. No era una chica que se tomara esto como una broma. Estaba totalmente integrada en esto y quería formar parte de ello tanto como él. Resultaba obvio a sus ojos, y le alegró averiguar que de entrada, eso era algo que tenían en común. Sonrió, mirándola a los ojos. Como siempre hacía, especialmente delante de alguien de su interés.
— Lucas. Un placer.
Ella, no sabía si incómoda o simplemente deseando pasar a un tema de conversación lo más liviano posible, (no sin antes recorrer con cierta timidez su cuerpo con la mirada, cosa que no tenía por qué hacer. Él precisamente estaba ofreciendo una muy buena disposición a que se conozcan mejor. ) se aclaró la garganta. Iba a responder, seguramente con alguna absurda cordialidad, pero antes de eso Bateman dijo que siendo tan tarde ella podría encargarse de enseñarle un poco las oficinas, puesto que entrar en materia sería cuestión de dos días como mucho. Desconocía a qué se debía tanta prisa por su incorporación, intuía que había quedado una vacante libre, y era su hora de suplir el puesto de quien se había marchado. Se encogió de hombros. Estas cosas pasaban, tampoco era la primera vez. Antes de que ella pudiera decir nada, se limitó a excusarse un momento al servicio. Ella le siguió, aunque manteniéndose a una distancia prudencial hasta que le vio entrar y refrescar su cara. Recibiendo el agua del grifo como si se tratara de lo mejor que le hubiera pasado nunca. Aquello pareció llamar su atención. Se quedó en un segundo plano. Observándole, atenta, como si estuviera estudiando un curioso espécimen que acabara de llegar. Se quedó apoyada, silenciosa, contra una de esas cuatro paredes, único y silencioso testigo de la escena. Él podría arriesgarse a decir que la ligera curva que se formaba en sus labios era tentadora, pero los brazos cruzados sobre su pecho decían lo contrario. Le extendió una pequeña toalla que aceptó con mucho gusto.
— No sé si debería dar la enhorabuena en este caso — Enunció, más por decir algo que otra cosa.
— Créeme. Me atrevería a decir que este ha sido un momento muy bueno para volver. Así que, gracias… — hizo una breve pausa — Layla, ¿verdad?
Ella asintió, como entendiendo el despiste y sin darle más importancia de la que tenía. Parecía buscar seguir el tema de conversación. Hubo un cómodo silencio hasta que finalmente pudo hacerlo.
— North — dijo, casi recordando algo — Tu familia es muy conocida por aquí.
Él terminó de secarse, no sin antes volver a captar un pequeño resquicio de su patético reflejo en el espejo, y se acercó a ella sin escatimar en el mucho o poco espacio que pudiera quedar entre los cuerpos. Ni recordaba cuándo fue la última vez que había tenido una mujer a la misma distancia. O la última vez que había tenido a una mujer, así en general.
— ¿En serio? Los rumores vuelan en Niamh. ¿Y qué has oído de mí, exactamente? He estado siete años fuera, tendrás que ponerme al día.
Ella alzó una ceja por toda respuesta, entre sorprendida y al mismo tiempo aliviada por saber con qué clase de persona estaba tratando. El amago de sonrisa que sucedió a continuación, le daba a entender que no podía creerse su actitud tampoco.
— Nada digno de mención, realmente. Excepto lo que ya sabemos, claro.
Había que empezar por alguna parte, se dijo. Aunque le resultaba como poco inusual que el juego hubiera cambiado de esta forma. En otro orden de cosas, debió haberlo visto venir de algún modo. Pero le gustaba, y su acento claramente Londinense, también. Había vivido allí un tiempo, lo reconocería en cualquier parte. Pensó que probablemente tomaría un poco más de esfuerzo, pero que valdría la pena intentarlo. Dio unos pocos pasos más, depositando la toalla entre sus manos.
— Habéis hecho vuestros deberes.
— Sí — replicó.
Él la observó, divertido. Se había encontrado a lo largo de su vida con todo tipo de mujeres, pero ninguna como ella. Estaba claro. Lo cual, supuso, se le presentaba como un reto terriblemente interesante para alguien con su experiencia. Miró un momento hacia el pasillo visiblemente vacío de los juzgados antes de volverla a mirar.
— No dudo que ver las oficinas y un tour pueda ser interesante, pero la verdad — sugirió — preferiría tomar algo en otra parte. ¿Qué me dices?
Una risa incrédula por parte de Layla resonó por todo el pasillo. Volvió a recorrerle de arriba abajo, su expresión diciendo que claramente con ese aspecto en pocos sitios le iban a dejar entrar.
— La máquina de café está por aquí — señaló — Te ofreceré uno.
Poco después de que emprendieran camino, volvió a parar sobre sus pasos. Le miró, tranquila. Apoyando una mano en su hombro como quien va a decir algo sensato.
— Y yo que tú, después de eso, me iría a casa y me daría una buena ducha. O comería algo. Te hace falta.
Lucas alzó las cejas, sorprendido, antes de sonreír de medio lado y continuar su camino. Había conseguido un café, era algo. Dicen que hay una primera vez para todo, o algo así. Sin duda acababa de comprobarlo por sí mismo. Estaba muy determinado a aceptar el reto, más que nada porque no era de aceptar negativas fácilmente.

6. These streets are still home to me.

Era raro pisar la casa que había sido siempre la tuya, la que habías conocido desde que tenías uso de razón. Aquella que tras mucho esfuerzo su padre había comprado en la mejor zona de la Isla. En el fondo estaba deseando volver, y fue una de las primeras cosas en las que pensó nada más salir de los juzgados. Necesitaba su casa. Necesitaba ver a sus padres. A pesar de eso, hacía ya tiempo que había dejado de vivir con ellos. Siempre ha sido muy de tener su propio espacio, y a pesar de que les veía siempre que podía, con sus primeros ahorros y algo de ayuda de su padre obtuvo su primera vivienda. Suya. Propia. Claro que eso no fue mucho antes de que su vida diera un giro de 360 grados. Para bien, pensó en principio. Y cuánto se equivocaba. Lo que habría dado por retroceder en el tiempo, aprovechar ese año que estuvo más allí que aquí encontrando otro trabajo, juró por su vida que si alguna vez se volvía a encontrar con ese hijo de puta de Isaak, le haría pagar haber acabado en la cárcel. No es que él no hubiera tenido culpa, reconocía muy bien que ese había sido justo pago por lo que había hecho, pero le maldecía por haberle metido en todo eso. Por haber aprovechado sus habilidades de esa forma, por hacerle partícipe de una vocación que seguramente no sería la suya.
Aún así, de poco servía ya lamentarse cuando todo había pasado. Era inútil, y ahora todo aquello debía quedar en el pasado. No quiso ir a su casa nada más salir de allí. Algo mezcla entre orgullo herido y extremo cansancio se lo impidió. Tras una amena charla con Lennox sin conseguir que le diera ni su número de teléfono, decidió que sí que era cierto que necesitaba asearse. Ponerse cómodo. Dormir, o en su defecto intentarlo.
Porque no logró hacerlo. No sobre la cama de todas formas. Dio infinitas vueltas hasta que finalmente se rindió al insomnio. Contaba con que las horas de sueño que le habían quitado en la cárcel colaboraría en cuanto tuviera disponible una cama en la que tumbarse. Ironías de la vida, fue en el maldito suelo donde logró dormir.
Era su segundo día de libertad y pensó que ya lo había retrasado lo suficiente. Era algo a lo que más tarde o más temprano tendría que enfrentarse. No quería retrasarlo más, además, después de todo, estaba deseando ver a su familia. Habló con su madre, por supuesto, quien no podía estar más contenta de la final puesta en libertad de su hijo. Pero estuvo bastante parca en palabras, simplemente le dejó descansar y le hizo mantener su promesa de que se verían al día siguiente. No era propio de ella estar así, más después de tanto tiempo, así que se dirigió en coche hasta la parte alta de la Isla con las dudas enroscándose en el fondo de su pensamiento. Siempre se va a lo peor, a que ha sido mucho tiempo, y puede haber pasado cualquier cosa. Intentó desecharlo inmediatamente, pero cuando llamó al timbre y su madre le abrió todo fue extraño.
Y esa casa estaba inusualmente sola y falta de vida.
Margaret North siempre ha sido una de las mujeres más fuertes que ha conocido. No por el simple hecho de ser su madre, si no porque objetivamente lo es. Por fuera y por dentro. Puede pasarlo mal, pero mostrarlo lo muestra únicamente ante quienes más cerca están de su círculo. Algo más había heredado de ella, además de sus ojos. Hubo un silencio que parecía que iba a extenderse eternamente en el tiempo hasta que ella le abrazó tan increíblemente fuerte que la mochila que cargaba al hombro golpeó contra el suelo con fuerza. Fue la primera vez que se sintió protegido, realmente en casa. No lo había hecho siquiera bajo su propio techo. Se dejó inundar por esa sensación, olvidó momentáneamente lo que su vida había sido durante estos años, o el hecho de que no hubiera visto por ninguna parte el coche de su padre aparcado.
Esa sensación, de nuevo.
— Por Dios — Dijo ella, su cabello empezando a apuntar a cano, sus ojos tan azules como los de él, vítreos — Qué flaco estás, hijo mío. Anda, te prepararé algo.
Lucas no pudo evitar sonreír. Se trataba de su madre, la veía después de siete malditos años y a ella lo que más le preocupa es la cantidad de kilos que ha perdido en su exilio. Ni que haya estado en la cárcel, o los motivos que le llevaron a estarlo. Aceptando las palabras, el cariño, el modo en que acarició su brazo mientras le dejaba pasar, como si fuera una suave manta mullida en una noche cruda de invierno. Recogió su mochila del rincón donde había caído, dejándola sobre una silla mientras observaba a su madre ir de un lado a otro, más concentrada en la cocina que en otra cosa. Algo le decía que intentaba no pensar, que prefería tener la mente ocupada. No dudó en seguirla, mientras hervía el agua y preparaba un plato lleno de galletas de mermelada. Las que siempre le han gustado, que también había echado mucho de menos además de la buena taza de té. No es lo mismo cuando te lo preparas en casa.
— ¿Cómo estás, mamá?
Ella no contestó. Sonrió, más con formalidad que otra cosa, y lo dejó todo dispuesto en la mesa antes de tomar asiento. Él la siguió segundos después. Observó cómo servía el té en las dos tazas: primero la de él, a continuación la suya. Le puso justo la cantidad de azúcar que él solía tomar. Cuando terminó de servirse, apartó la vista un momento al suelo, antes de mirarle a él.
— Las cosas han cambiado mucho, Lucas. Ha sido demasiado tiempo…
Así que su sensación era cierta. Aquella que no dejaba de gritarle que algo fundamental había cambiado, que faltaba una pieza en su vida. Una en la que se había sostenido durante toda su vida y que de repente no encontraba por ningún rincón de esa casa salvo las fotos enmarcadas sobre la repisa del salón. Su cabeza empezaba a hacer conexiones por sí mismo, pero quería deshacerlas. Porque dolían demasiado, y porque quería creer que no eran ciertas. Que no podían ser ciertas. Su padre tenía que estar ahí para recibirle, para hablar, para asegurarle que poco importaba lo que hiciera, que seguiría estando orgulloso de él. Intentó apartar esos pensamientos de un plumazo mientras el primer sorbo de té entraba en su cuerpo. Dio un mordisco a una de las galletas.
— Siete años — sonrió, amargo — ¿Dónde está papá?
Preguntar eso había sido un total y absoluto error, pero llevaba deseando hacerlo desde que se dio cuenta de que no estaba. En un principio pensó que habría tenido que salir a hacer cualquier cosa (siempre se las pasaba trabajando, aunque dijera que estaba intentando mantenerse al margen de ello, que era hora de ir dejando ciertos asuntos a otra gente) y volvería enseguida. Pero la expresión en el rostro de su madre cambió por completo. Empalideció, contuvo las ganas de echarse a llorar. Fue entonces cuando casi prácticamente lo supo.
— Oh, cariño. He querido escribirte…me devolvían todas tus cartas…
— Qué quieres decir. Mamá…
Margaret notó cómo su voz se rompió, la forma en la que suplicaba con sus ojos que lo que estaba imaginando no fuera cierto. Se agarraba al mínimo clavo ardiendo y ella no podía hacer nada por contradecirle. Por animarle o decirle que todo estaba bien, que papá volvería en un rato, que le esperara mientras se relajaban tomando el té. Pero eso no sucedería nunca. Papá jamás volvería a aparecer por la puerta, ni volvería a ver a su hijo, con quien intentó comunicarse en vano antes de que un fatal error en acto de servicio le arrebatara la vida. El balazo fue letal. No se pudo hacer nada por salvarle, demasiados órganos afectados que acabaron por darle muerte. Y por robar la mitad de una mujer que había sido devota a su marido desde que le conoció y se enamoró de él. Tan profundamente como esperaba que algún día Lucas lo hiciera de alguien. No de sus muchas “amigas.”.
— Fue hace mucho tiempo. Salió a trabajar. Dijo que era un asunto importante, pero que estaría en casa justo para la hora del almuerzo. Le esperé. Como siempre. Estaba contenta, había dejado de estar tan absorbido por su trabajo y tenía toda la intención de dedicarnos más tiempo. Deseaba volverte a ver, buscarte un buen trabajo…
Lucas permaneció impasible, como si un jarro de agua fría hubiera descendido por todo su cuerpo, dejándolo sin capacidad de movilidad alguna. No era capaz de interrumpir su relato, agarraba su taza con más fuerza de la necesaria, se perdía en el líquido de vez en cuando. Una parte de él rechazando absolutamente el hecho de que su padre estaba, más que probablemente, muerto.
Muerto.
El temblor de su labio inferior fue apenas perceptible, mientras ella continuaba hablando.
— A las dos de la tarde me llamaron de la comisaría. Me resultó extraño porque estaba a punto de salir por la puerta para encontrarme con él. Sólo entendí el nombre de tu padre, un tiroteo y que quien lo había producido todo se había dado a la fuga. El muy hijo de puta.
Sintió la furia arder en los ojos de su hijo. Pero no podía mantenerle ignorante de algo así, continuar alimentando sus esperanzas más tiempo. Es fuerte, lo sabía. Como su propio padre lo había sido siempre. Indestructible, a quien cualquiera se atrevía a toserle. Sin embargo, algo tan simple como una bala pudo con ese cuerpo alto y fuerte en cuestión de minutos. Margaret se limpió una lágrima que había resbalado por su mejilla sin que se diera cuenta.
— Fui para allá inmediatamente, pero no me dieron muchas esperanzas de que pudieran estabilizarle. Y no lo consiguieron, ni antes ni después de la operación — controló un sollozo — Lo perdí. Apenas pude despedirme.
El silencioso llanto apenas fue perceptible, se había perdido tanto en su historia que no había notado la mano de Lucas apretando fuertemente la suya, su cabeza gacha. Escuchando, sin hablar, aceptando una realidad que no esperaba con su recién adquirida libertad.
Sostuvo su cara entre sus manos y le abrazó, dejó que se volcara sus sentimientos sobre su hombro, tan alto como era él y la diferencia de altura que había con ella. No dijo nada. No habló más.
Dejó que mostrara su vulnerabilidad dentro de esas cuatro paredes, le apretó contra ella, asegurándole de que seguía ahí. De que todavía le quedaba ella y que pensaba hacerlo tanto como el destino o lo que quiera que fuera tuviera planes de hacerlo.
Al quedarse dormida en el sofá, horas después, él no pudo evitar escapar de esa casa. Le asfixiaba, le traía demasiados recuerdos que ahora mismo hacían daño como puñales.
Y necesitaba urgentemente una copa.


7. When anger shows.


Es difícil centrarse en el trabajo cuando la mente está en otra parte completamente distinta. Cuando uno se da cuenta de las cosas demasiado tarde y empieza a pensar en el tiempo perdido con alguien que ahora no está apenas hay sitio para el presente. Había sido así desde que abandonó durante la noche su casa, yendo al bar más cercano de la zona. Era vital dejar la mente en blanco durante unas horas. Consumir todo el alcohol que fuera necesario. Laura Collins (o así recordaba que se llamaba, tampoco es que la resaca le estuviera dando para mucho) fue quien definitivamente le ayudó a sobrellevar — en parte siempre, por la parte física, por la necesidad sexual de satisfacer una frustración que se hallaba mucho más profundamente que aquello que delimitaba su cuerpo, o el de ella. Sus espectaculares piernas o la increíble belleza Australiana que se había ido a fijar en él esa noche en aquel lugar con lugares reservados y cantidades ingentes de alcohol, fiesta y música — lo que esa noche no se permitía a sí mismo admitir. Que había perdido a su padre de una forma brusca y horrible, alguien a quien había admirado por encima de todas las cosas, ya no estaba. Podría haber aprovechado tantas cosas, tanto tiempo había sido desperdiciado en aquel lugar que ahora no podía salvo desear que nada de eso hubiera tenido lugar. Odiaba ese pequeño fragmento de su vida aún más si cabía. Algo tan simple como eso, un bache, puede acabar convirtiéndose en la cosa de la que más estás arrepentido.
Por otra parte estaba esa pequeña vocecita que le susurraba al oído de vez en cuando que a su padre no le gustaría verle en ese estado. Que él querría que se levantara, que mirara hacia el frente, hacia el futuro, e hiciera grandes cosas. Pero la rabia suele llevarse lo mejor de uno mismo, especialmente cuando estás a solas, frente a la tumba de alguien a quien todavía no le correspondía marcharse. No tan pronto. Eso había hecho, a una hora excesivamente temprana para su gusto, antes del trabajo y de que la gente en Niamh comience a despertar. Apenas había descansado — como venía siendo ya habitual— y antes que perder el tiempo deambulando por su casa, decidió que era un buen momento para intentar rendir el homenaje que no había rendido en su día. No hizo mucho, en realidad. Dejó flores cerca de aquel pedazo de piedra bien cuidada que ahora representaba a su padre. A lo que él había sido. Sólo eso y una fecha de nacimiento, otra de cuándo falleció. Su madre tenía razón cuando le dijo que había sido hace tiempo. Él estaba encarcelado cuando la vida de ella se había vuelto del revés definitivamente y no estuvo ahí para consolarla.
Tampoco es que el auto torturarse fuera la solución.
El sol se había dejado ver durante un corto periodo de tiempo entre chubasco y chubasco. Eran mundialmente conocidos los temporales y huracanes que de vez en cuando atacaban la Isla. Esta vez no había sido diferente. La lluvia sólo parecía haber dado tregua durante un momento, uno necesario especialmente para él a quien los días nublados le habían estado acompañando más de la cuenta. Miró hacia sus dos rollitos de primavera como si todavía no tuviera muy claro si deseaba comer o no. Había perdido el apetito últimamente a pesar de que la comida china era una de sus debilidades, aparte de la pasta y el helado de chocolate por supuesto. No fue hasta después de dar el primer bocado que no recordó que hacía demasiadas horas que no comía. Escuchó una familiar voz cerca, entonces se dio cuenta de la sombra femenina próxima a él.
— ¿Puedo?
Preguntó, señalando al asiento inmediatamente próximo al suyo. Él asintió, sin demasiados ánimos. A pesar de que se tratara de Lennox quien en ese preciso instante y no otro había decidido acudir a hablar con él.
— Has desaparecido en cuanto has tenido oportunidad.
— Necesitaba que me diera el aire — replicó, esperando que esa explicación fuera suficiente a sus deseos de estar solo.
Ella miró alrededor. Le gustaba también este sitio e intuyó que por el mismo motivo que Lucas: porque aquí puedes estar a solas con tus propios pensamientos, que no te molesten y sobretodo pasar desapercibido. Le observó comer en silencio y con gusto. Había perdido demasiado peso para su propio bien y a pesar del constante flirteo se había acostumbrado a darle todas las respuestas ingeniosas del mundo y a su compañía. Era lo más parecido a un buen compañero que tenía en los juzgados. Aunque no quisiera enseñárselo al mundo, era evidente su tristeza. Parecía que Lucas North a fin de cuentas tenía un corazón, detrás de toda esa fachada de conquistador, más grande de lo que pensaba en un principio.
— No ha sido una buena vuelta a casa.
— No.
Hubo unos segundos de silencio después de que le diera un trago a su botella de agua que se hicieron incómodos: ella sentía que se había metido donde no la llamaban y él no quería hablar de ello.
— ¿Lo sabíais? ¿Lo de mi padre?
La pregunta le pilló absolutamente desprevenida. O al menos no esperaba que fuera tan cristalina. Quería una respuesta, y lo antes posible. La exigía, de hecho. Buscaba explicaciones ante algo que realmente carecía de explicación alguna. Todo había cambiado de repente, e igual que un niño, pedía una guía. Que alguien le dijera a qué demonios se debía el hecho de que su padre llevara varios años muerto.
— Ya te lo dije. Habíamos hecho nuestros deberes. Pensé que no era la persona adecuada para darte la noticia.
No dijo nada durante varios segundos que se hicieron eternos. Dejó lo que quedó de su almuerzo a un lado. Se pasó ambas manos por la cara, luego por su pelo. Ella quería acercarse, pero tenía la certeza de que no era la mejor de las ideas. Le dejó espacio, lidiar con sus propios sentimientos. Se sentía espectadora de un momento único, de algo que North jamás haría delante del resto de sus compañeros, o del propio Bateman por más bien que hubieran empezado a llevarse. Incluso menos aún ante él.
— Entiendo — se limitó a decir — No te estoy culpando, es sólo…
— Tranquilo.
No dijo nada más. Se quedó a su lado, siendo la presencia silenciosa que en esos instantes necesitaba. Únicamente rompió la calma cuando creyó que debía hacerlo.
— No es fácil empezar de nuevo, y sé que es cliché aunque sea cierto. Pero lo estás haciendo muy bien. Mantenlo así, e intenta seguir adelante.
Notó el atisbo de una sonrisa asomar a la comisura de sus labios antes de mirar hacia otra parte, podría jurar que casi tímido a pesar de que la palabra timidez no concordara en absoluto con Lucas. Ahí estaba el efecto que quería, porque en el fondo le gustan los halagos, la atención.
— Gracias. Creo que es la primera vez que hablo con alguien de esto — hizo una pausa, intentando quitarle importancia —¿Eso quiere decir que aceptarías una copa después del trabajo? Bateman se ha ofrecido. Creo que es una emboscada porque hay vino de por medio, pero no me hagas mucho caso.
No protestó esta vez, ni puso los ojos en blanco. Sencillamente se rió, una risa que vino de dentro, honesta.
— De nada. Pero creo que paso, North — se incorporó — Pasadlo bien. Y cuidado con el vino. Creo que eres de los que no recuerda al día siguiente ni qué canción ha cantado en el karaoke y mañana trabajamos. Te veo luego — concluyó, despidiéndose con un gesto de la mano podría jurar que victorioso.
Se quedó mirándola marchar, el acompasado ritmo de sus caderas enfundadas en esa bonita falda que dejaba demasiado a la imaginación y una camisa simple pero que le sentaba igualmente bien.
Bueno, era dura de roer sin duda pero al menos estaba seguro de que ese día había ganado una amiga.
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