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In this light and on this evening (Lucas fic) (II)

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In this light and on this evening (Lucas fic) (II)

Mensaje  Bolly el Jue Mayo 09, 2013 11:52 am

Capítulos 3 y 4.

3. The Boxer.

Nunca sabes cuándo va a ocurrir, en qué momento exacto tu vida va a dar un giro de 360 grados para convertirse en la peor pesadilla que has vivido nunca. Cuándo la oscuridad va a engullirte y a llevarte a un sitio que nadie es capaz de imaginar ni en la peor de las circunstancias. No podemos calcularlo, hasta que sucede. Hasta que llega esa marca entre antes y después, lo que una persona siempre espera que le puedan pasar a otros, pero no a uno mismo. Quizás porque no imaginamos que la vida pueda tenernos guardadas tal clase de atroces sorpresas.
Moscú era inmenso. Inmenso e increíblemente frío. Daba igual el mes del año, allí jamás conocerían el clima cálido como a veces sucedía en muy raras ocasiones, en Niamh, que solía asomar la primavera aunque fuera un poco e incluso podía decirse que tenían días calurosos.
Ahora mismo echaba de menos increíblemente esa Isla asquerosa.
La cual llevaba sin pisar unos meses. Después del episodio de Londres y su recuperación un tanto forzada, continuó con su trabajo. Siguió en contacto con las amistades adquiridas, pero su vida últimamente había sido esa. Raramente paraba en casa, y cuando lo hacía, no era por muchos días. Los justos para hacer saber a su madre y colegas que seguía bien, para luego tener que salir corriendo de nuevo a hacer otra cosa. Así lo llamaban, encargos. Trabajos. Y era lo mejor que había tenido en mucho tiempo, a pesar de todo lo que implicara hacerlo. Su relación con su jefe era estrecha y le pagaba bien, qué más quería.
Debió haber pensado desde un principio que las cosas no podrían seguir igual de bien por mucho más tiempo. Que toda esta mierda tendría alguna consecuencia por alguna parte. Que la amabilidad de ciertas personas, la buena disposición, se acaba en el momento en que se volvía contra ti. Ahí te abandonaban, y no conocía peor sentimiento que ese, o peor recompensa a su jodida fidelidad.
Que, por un momento, pensaba que valía algo. Pero no, en ese mundo de mierda todo podía valer mucho hasta que se acababa, hasta que prescindían de ti.
Por eso sujetaba con más fuerza de la necesaria el brazo del sillón donde estaba sentado. Estaba esperándolo, sucedería de un momento a otro. Su misión en tierra Rusa había concluido, esta vez fingiendo ser quien no era como muchas otras veces. Pero sabía que le habían estado siguiendo, había aprendido lo suficiente como para no darse cuenta. Precisamente eso era lo que le tenía con todos los sentidos alerta. Desde hacía tres días, había sido así y lo peor de todo es que no era cosa de nadie que él conociera. Las noticias habían llegado a oídos que no debían.
Las llamadas no fueron respondidas, todo se convirtió en un tenso silencio a su alrededor que le estaba asfixiando tanto como estar encerrado en esa habitación en la que pretendía estar cómodo pero no lo estaba. Era un león deseando salir de la jaula. Se levantó únicamente para deshacerse de los últimos restos de su estancia en aquel frío lugar.
Fue entonces cuando sucedió. Ese momento que en el fondo no tardaría en llegar. Los nudillos sobre la puerta. Insistentes. Lo siguiente lo recuerda como si se sucediera a cámara lenta, o como si esos hechos no hubieran tenido lugar en su vida si no en la de otra persona totalmente ajena a él. La gente que invadió la habitación, las palabras, ni siquiera era capaz de recordarlas. Sólo la brutalidad.
Su cuerpo derribado por tres más contra el suelo. La oscuridad que se hizo repentina ante sus ojos, únicamente intuyendo voces, sintiendo puñetazos por cada vez que movía una de sus piernas intentando defenderse, o la forma en la que agarraban sus brazos con tal de que se dejara hacer de una buena vez.
Luchó por cada gramo de su libertad antes de que se le fuera arrebatada, antes de que su particular mal sueño casi eterno comenzara sin que él se diera cuenta.


4. Walk the Fleet Road.

Salió de aquel sitio con treinta y cuatro años.
Gran parte de su juventud, o la mejor parte de la misma, la había pasado en una maldita cárcel. Había días en los que había pensado que a lo mejor lo que le esperaba era continuar allí, hacerse viejo en aquel lugar mediocre lleno de podredumbre y olores que volvería del revés el estómago de más de uno. Lo peor de todo era lidiar con sus propios pensamientos, oscuros, enredándose en su alma como si fueran un montón de rosales cubiertos de espinas.
El dolor. Llegar a pensar a lo largo de todos esos años que la mejor salida era desaparecer. Sentirse tan humillado como jamás en sus años de vida. Y aún así sobrellevarlos pensando que era una justa condena. Que era el precio que tenía que pagar por lo que había hecho, dejando su orgullo y autoestima machacados contra el suelo, enterrados tanto tiempo como estuvo encerrado.
Dios, la luz. El aire, limpio, el frío contra su piel. No se terminaba de acostumbrar a nada de eso. Entrecerró los ojos en el momento en que la puerta se abrió y salió sin esperar a nadie que le recibiera. Allí estaba total y absolutamente solo. También desconocía el motivo de su puesta en libertad. Sabía que alguien se había encargado de ello, pero hasta ese momento ignoraba quién había hecho tal clase de favor en su nombre. Tampoco le importaba. Le importaba la libertad, el poder sentir los pies contra el suelo. El asfalto de la carretera conforme iba avanzando sin rumbo fijo, hasta la civilización, hasta encontrar un maldito taxi que le dejara en el hotel más cercano. Sonreía. No podía dejar de sonreír, de deleitarse contemplando Moscú atardeciendo. Las luces en todos los negocios y las farolas de la carretera se iban iluminando.
Tenía ganas de gritar. De gritarle al mundo su recién obtenida libertad. Deseando con todas sus fuerzas que sus ahorros no hubieran sido tocados durante su larguísima ausencia. Poder sacar algo de dinero. Darse una ducha caliente, ponerse ropa fresca, comer comida de verdad.
Joder, vivir.
Continuó andando, observando los coches, asomándose a la barandilla del puente, casi sintiendo el peligroso vértigo de hacerlo más de lo debido para alguien de su altura. Sostenía su bolsa, continuaba caminando sin rumbo fijo hacia lo que intuía una calle más poblada a lo lejos. No le importaba ahora mismo a dónde iba a parar o si tenía que hacer noche en el peor lugar de toda Rusia, ahora mismo sólo entendía que era libre. Que alguien había considerado que su tiempo en esa prisión de mierda se había cumplido. Por Dios, era raro recuperar sus cosas, aunque fueran en una mochila que contenían poco más que lo fundamental, poca cosa más aparte de la ropa con la que llegó.
Vislumbró coches, movimiento, por fin la actividad de la ciudad se abría ante sus ojos. Tragó con dificultad, cruzó la calle, hasta que el teléfono que le habían hecho llegar poco antes de su puesta en libertad comenzó a sonar. Se sobresaltó. No sabía quién podía querer qué de él a estas horas. Ni en ese lugar. Una voz masculina le recibió al otro lado de la línea. «Señor North», llamó. No supo cómo responder, su voz sonó ligeramente ronca cuando afirmó que se trataba de él. Puso absolutamente todos sus sentidos, temiendo que se tratara de algo del tipo que su libertad recién adquirida se tratara de una macabra broma pesada. Pero su intuición le llevó a pensar que se trataba de alguien que había dejado una importante marca en su padre.
Esa persona le dio instrucciones precisas. Aquellas que le alejarían de tierra de nadie, que le devolverían a Niamh. Aquella a quien, pensó, podría deberlo todo, pero en realidad su propia experiencia le había acabado enseñando algo: No creer nunca que se le debe nada a nadie, porque en realidad, la única posibilidad que tienes de salvarte es tú mismo.
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