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In this light and on this evening (Lucas fic) (I)

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In this light and on this evening (Lucas fic) (I)

Mensaje  Bolly el Miér Mayo 08, 2013 3:36 pm





No es una broma cuando digo que he estado cuatro semanas por lo menos escribiendo esto, que es más o menos la media que suelo tardar para escribir un capítulo de novela mío estándar. ¿Motivada? Qué va. ¿Amor por el personaje? Se queda corto.

Lucas, Lucas y todo Lucas. Que os aproveche a quienes les guste y quien no...vaya, pues no leáis. Smile

EDIT: Okay. Voy a ponerlo por partes. Intentaré dividirlo en tres. Si esto me deja.

________________________________________________________

I swear to God, I heard the earth inhale,
Moments before it spat its rain down on me.
I swear to God, in this light and on this evening,
London's become, the most beautiful thing I've seen.

Editors- in this light and on this evening.


Durante un largo trayecto lo máximo que pudo percibir era oscuridad. Una oscuridad casi absoluta que sólo era interrumpida por la escasa luz que iluminaba la carretera de cuando en cuando, o el faro. Esto era horriblemente innecesario, pero las personas que le llevaban en ese puto coche desconocían el significado de las palabras «compasión» o «consideración». Para ellos, Lucas North no era más que otro deshecho más al que le concedían la libertad porque habían hecho un trato más que justo en el que por supuesto había dinero de por medio. Lo único que sabía hasta el momento era que volvía a su tierra, a Niamh, después de todos esos malditos años en la madre Rusia. Y que se habían interesado en él.
¿Quiénes? Le encantaría saberlo. Entre otras cosas, porque de no ser por esa razón, él ahora mismo seguiría pudriéndose en esa celda. Esa no era la peor parte, oh no. Lo peor no era el hecho de aguantar las veinticuatro horas encerrado entre esas cuatro paredes llenas de mierda. Ni el olor, ni algunos compañeros. Era tener la certeza de que en cualquier momento una persona aparecerá para torturarte y que considerarás eso el máximo de contacto humano que tendrás con alguien. Esperarlo. Esperar que te pasen cubos con agua por la cabeza y torso entero mientras otra persona cubre tu cara con un trapo para evitar que puedas respirar con normalidad. Asfixia. Otra persona haciendo preguntas sin cesar que la mayoría de las veces no podían ser contestadas. Suplicar, una y otra vez, no ser escuchado nunca. Si no lanzado de nuevo a la pocilga de la que te han sacado cuando han considerado que han sacado la suficiente energía de ti por un día.
Eso, entre otras muchas más cosas que ahora mismo prefería no recordar. Mientras escuchaba el suave ronroneo del motor contra el asfalto sólo podía pensar en la única persona que le quedaba para darle todo el apoyo del mundo: su madre. Lo había pasado verdaderamente mal, pero imaginaba que no era la primera vez que pasaba por un trance similar. Le gustaba hablar de John North, su padre, todo el tiempo que hiciera falta. Pero jamás habían hablado de las anécdotas de su trabajo. Supuso que porque, tal como él hacía, el trabajo era un asunto que prefería mantener aparte de su vida personal. La escasa que tuviera.
El ritmo era progresivamente más lento, tenía toda la sensación de que estaban aparcando. Dios, una de las primeras cosas que debería recordarse a sí mismo hacer es llegar a su casa, darse una buena ducha…tomar un café decente. Habían otras cosas que también había echado de menos durante todos estos años, pero podían pasar a un plano secundario. Por el momento. Finalmente pudo sentir al coche parar. Debían estar no precisamente cerca del centro. Esto parecía un intercambio de mercancía más que una cálida bienvenida a casa. La puerta se abrió y dos pares de brazos le sacaron con hosquedad. Las marcas de los golpes todavía le dolían allí donde ellos le estaban agarrando. A los muy bastardos les faltaba escupirle en un ojo.
— Durak— dijo, en un Ruso más fluido de lo que le gustaría. Ante lo cual únicamente le miraron mal antes de soltarle. Peores insultos se le ocurrían en ese idioma materno de ellos que decirles después de casi ocho años. *(1)
Sus ojos todavía intentaban adaptarse a la luz. Era plena noche, o plena tarde, en Irlanda a partir de las cinco y media ya se consideraba noche cerrada. De repente se sentía más desorientado que en toda su vida. Y, joder, esta había sido su casa. Deducía a bote pronto que estaban a las afueras. Había otro coche, del cual salieron dos figuras. Un hombre y una mujer mantenían una conversación satisfecha, cómplice, mientras observaban el panorama que se presentaba ante los ojos de ambos. No conseguía saber si tenían curiosidad o más bien lo consideraban un trámite frío. A juzgar por el amable gesto que dirigió a quien había sido su captor todo el viaje, no lo parecía. Hablaba un inglés bastante limitado para su gusto, seguramente. Pero el idioma de los negocios se entiende en todas partes. El hombre, grande, adusto y con ojos verdes además de tan fríos como dos bloques de hielo, se volvió a acercar hasta donde él se encontraba.
— Da Skorava, Lucas. *(2)
— Da Svidaniya, Dimitri. — replicó, perdiéndole de vista de una vez.
El hombre — Se presentó como Patrick Bateman, o eso decía — no le trataba como esperaba que lo hiciera, más al contrario. Todo fueron facilidades a partir de ese momento. Le integraron en conversación, le preguntaron si estaba hambriento — Lo estaba, no recordaba cuándo fue la última vez que había comido algo que no supiera a cartón piedra. — y su acompañante, Sarah, todo sonrisas y educación (Intuía que poco de ello era genuino). Accedieron a comprarle lo que quisiera de comer, tenía la sensación que si les pedía que pusieran un edificio de cinco pisos sería coser y cantar. Tanta zalamería podía llegar a ser irritante, y eso que a él normalmente le gustaba que se le considerara y halagara en según qué contexto. Aunque mirándoles a los dos, ella casi entrada en la mediana edad ya y él quizás un poco más joven que ella, era fácil asumir que eran pareja. Si no lo eran, tampoco les faltaba demasiado para serlo. Hasta ese momento, eran las personas que le habían dado de comer y aparentemente iban a ser sus superiores, o eso le habían dicho. Una visita rápida a lo que será tu nuevo lugar de trabajo y a presentarte a los compañeros, le habían dicho. Supuso que era una hora tan buena como cualquier otra, ahora mismo no disponía siquiera de un reloj. Aunque podría jurar que no era una hora demasiado normal para que tengan a su gente trabajando. Pero tratándose de unos juzgados…No, ahora que lo pensaba no era tan ilógico. No entendía mucho de esas cosas, la carrera que había elegido no era la jurídica y su vida no es que hubiera estado muy basada en cumplir leyes. Pero sí entendía de política, de gobierno o de sus intereses. Estaba claro que él se había convertido en uno de ellos, por la razón que fuera. Su suposición era que se trataba de la influencia de su familia, de su padre. Él trabajó para los grandes, en su día, también. Y muchas veces le habían recalcado lo mucho que se parecían. Él lo sabía, tenía la gran oportunidad de compartir mucho tiempo con él. De admiración y de querer seguir sus pasos allá donde fueran mientras su madre llevaba un sencillo negocio textil. Ahora, tras todo ese trance, no podía evitar preguntarse qué pensaría él de todo esto. ¿Seguiría siendo el padre que él había conocido o por el contrario no querría ni mirarle a la cara después de esto?
Durante todo el trayecto, había logrado que sus ojos se fueran adaptando paulatinamente a la luz mientras se terminaba las patatas de su improvisada cena. En esta situación, incluso si fuera la peor comida de la historia le sabría a gloria. El edificio de los juzgados era mucho más grande de lo que él había pintado en su imaginación para ser Niamh: Grandes cristaleras, enormes escaleras a la entrada, todo lujo de detalles para gente importante que trabaja en asuntos de mayor escala que el resto. Dejaron el coche en lo que parecía una plaza reservada, como no podía ser de otra manera juzgando por el nivel que ya podía intuir que se gastaban. Y que, por otro lado, tampoco ocultaban modestamente. En su familia tampoco han tenido problemas económicos, pero supuso que su manera de llevar las cosas es distinta a pesar de que, sí, le gustaba la calidad demasiado para su gusto.
Gran parte de los despachos a esa hora estaban desalojados y los juzgados en una calma casi inquietante. Seguía el taconeo de ambos mientras le explicaban con total normalidad el funcionamiento de la oficina, el horario, demás cosas relevantes pero que al mismo tiempo tampoco quería perder el tiempo escuchando. Estaba exhausto, deseando ir a su apartamento — si es que seguía estando ahí después de tanto tiempo — darse una ducha, intentar dormir todo lo que pudiera. Conforme andaban por el pasillo, pudo mirar por el rabillo del ojo su aspecto: pelo de cualquier forma y más largo de la cuenta, bolsas oscuras bajo los ojos y una delgadez inusual para sus casi dos metros de estatura. Sin hablar de la ropa que no eran precisamente sus mejores galas. Había estado en mejor forma.
Una monada rubia calculaba de un metro setenta y de cuerpo bastante aceptable se acercó a ellos. Sara soltó una formalidad antes de volverse a él de nuevo, tampoco prestó atención, salvo en el hipnótico movimiento de la larga melena de la mujer.
— Bienvenido, Lucas. Ahora dejaremos que descanses, pero siéntete como en tu casa.
Medio sonrió, agradecido. Juraría que desde Londres no disfrutaba tanto de algo tan aburrido y formal como una presentación.

*(1) Durak Significa imbécil, o cretino, en Ruso.
*(2) Da skorava quiere decir hasta pronto y Da Svidaniya, adiós.

1. Bullets.

Había cumplido veintisiete años el verano pasado, y desde que había terminado la carrera no le habían faltado trabajos que aceptar. Ciencias políticas es una carrera que estudian muchos, pero un encuentro casual fue lo que le llevó a conocer a quien se había convertido en su jefe recientemente. Todo fue muy simple y rápido. The inn, a veces, no es que sea precisamente conocido por un pub y bed & breakfast pacífico. Mientras algunos iban ahí a desahogar sus instintos más primarios — No es que él no lo hubiera hecho, alguna vez. Era culpa de su constitución, supuso. La gente había dejado de verle como un niño desde los dieciséis años aproximadamente — Otras veces se sucedían escenas de otra índole. La paciencia sólo le superaba en contadas ocasiones, especialmente con gente profesional en el arte de tocar las pelotas. No estaba de buen humor, lo lógico cuando ha sido tu último día siendo un mero vigilante y proponen a ‘alguien con mejor perfil’ lo que con su edad equivalía a alguien más experimentado. Bien podrían irse a la mierda, él y Steve, el en esos momentos ya ex – jefe. Quería despejarse, eso era todo. Y si era posible, llevarse a la cama a una rubia impresionante con la que había estado lanzándose miraditas. Un buen polvo, aunque fuera en una de esas atroces habitaciones, parecía la fórmula perfecta. No supo en qué momento exacto la situación se torció, o de dónde salió el hijo de puta posesivo que se le encaramó hasta que no tuvo más remedio que tumbarle de un puñetazo seco.
Pero fue Isaak a quien le gustó lo que vio, y quien quiso a partir de ese momento contratar sus servicios a cambio de vino, conversación y una generosa retribución económica que no pudo negar.
La mujer que ahora mismo estaba gimiendo de auténtico placer entre sus brazos mientras sus embestidas casi marcaban el cabecero de aquella muy bien pagada habitación en el Melia White House londinense era muy distinta, sin embargo, aunque igualmente preciosa. Larga melena morena, ojos verdes, muy felinos, tanto como la forma que tenía de moverse o de cogerse a su espalda. En el momento en que aceleró el ritmo, lanzando un ronco gruñido directamente en su oído, supo que le faltaba muy poco para terminar. Ella revolvía su pelo frenéticamente, buscaba sus labios y dejaba que su barba — más bien perilla más crecida de la cuenta — la estremeciera una vez más al contacto con su cuello. No necesitó mucho más, sólo unas pocas embestidas más hasta que ella terminó mordiendo su hombro y él la siguió pocos segundos después. Se dejó caer sobre su cuerpo, su aliento en su oreja. Posteriormente, cayó a su lado. Perlado de sudor por todas partes y con esa sensación de no pensar en nada que proporciona el sexo. La chica quería acercarse, con una media sonrisa llena de intención impresa en sus labios. Él la frenó, conformándola con un último, intenso beso.
— Lo siento —dijo— Ya sabías que tenía otros planes más tarde. He de irme.
Era una pena. Le habría encantado haber pasado mucho más de aquella tarde con la mujer que había conocido en el bar del hotel, pero como suele decirse siempre el deber es el deber. Lucas fue despojándose despacio de las sábanas, dejándolas a un lado mientras iba acostumbrando a su cuerpo a volver a la realidad a pesar de que le pidiera lo contrario: descansar, ya fuera solo o acompañado. Pero tenía que ducharse, vestirse y terminar con el encargo que le habían encomendado. Tenía una hora por delante, pero normalmente en esto de tener una compañera sentimental (Si es que alguna vez había considerado a alguna de las chicas con las que había tenido encuentros compañera sentimental, novia o algo parecido) era un hombre bastante práctico. Le gustaban las mujeres, el sexo, como a todo el mundo supuso, pero lo consideraba un entretenimiento temporal más que otra cosa. Algo que disfrutar en el momento. Se dejaba guiar por sus impulsos y estos muy a menudo le habían llevado a tomar decisiones acertadas. Alexandra — así se presentó al menos — protestó un poco antes de salir y empezar a vestirse mientras él se limitó a pasar frente a la cama hasta llegar al baño, unos pasos más allá. A partir de ese momento todo era extremadamente fácil, cuestión de ponerle un poco de teatro. En su relativamente corta vida había tenido oportunidad de conocer a distinto tipo de mujeres, cuando cosas así ocurren la situación llega el punto en que ni siquiera resulta incómoda, se sabe cómo manejarla, qué decir e incluso qué hacer. Se aseó un poco y se deshizo del preservativo usado, dejando tiempo para que terminara de arreglarse. Con la toalla como única vestimenta, salió a su encuentro. Medio sonrió, sabiendo lo que vendría ahora. Alguna que otra carantoña, la promesa de una llamada pronto y dejarla con un buen sabor de boca abriéndole la puerta de la habitación y dejando que se entretuviera un poco besándole antes de marchar.
Ahora, por fin, estaba solo. Era más que obvio que para cuando Alexandra se decidiera a volverle a llamar él ya tendría puesto su interés en otra persona pero al menos así creían que había sido especial, por decirlo de algún modo. Lo había sido, por supuesto, en el momento y lugar adecuados sí. Pero nada más allá de eso. El agua caliente destensó sus músculos, dejó su mente absolutamente en blanco; cosa que necesitaba con extrema urgencia para lo que se disponía a hacer en poco menos de una hora. Cuando salió se detuvo un momento en el reflejo que le devolvía el enorme espejo que casi cruzaba por completo la pared del baño. Parecía ligeramente cansado, los nervios a veces le robaban horas de sueño pero nada que no pudiera resolver una buena puesta a punto mientras escuchaba las noticias de fondo en la televisión. Encendió la tele y se tomó su tiempo en sacar la ropa del armario mientras terminaba de secarse el cabello con la toalla. Ahora mismo lo que le apetecía era tomarse un poco de tiempo para sí mismo. Las citas estaban muy bien, pero cuando empezaban a ponerse pesadas era mejor retirarse a tiempo.
Mientras la mujer de la BBC informaba de las varias desgracias ocurridas en el mundo durante el día de hoy, él se limitó a extraer del mini bar un vaso, la pequeña botella de vino y una bolsa de frutos secos. Recordó también que para algo había pagado una habitación para fumadores, así que no objetó tampoco en encontrar su chaqueta clara tirada de cualquier forma en el suelo. Ahí debía tener los cigarrillos, al menos era donde recordaba haberlos puesto la última vez. Encendió uno, prestando más atención al aperitivo y el alcohol que a lo poco eventual del recién estrenado Siglo XXI.
Minutos después, se dijo que ya había tenido suficiente. Terminó lo que quedaba de su copa de un trago y los escasos restos del cigarro acabaron estampados contra el cenicero. Y a pesar de que le encantaría pedir un buen sándwich al servicio de habitaciones o bajar a comer algo, no había tiempo para eso. Los cacahuetes excesivamente salados para su gusto tendrían que bastar, además del vino que tampoco era especialmente destacable para un hotel de cuatro estrellas como ese. Empezó a vestirse empezando por la ropa interior, los vaqueros, el cinturón y la camiseta oscura. Sólo necesitaba arreglarse un poco más el pelo y coger la nueve milímetros.
Observó con ligera desazón las pequeñas arrugas que se habían formado en su chaqueta cuando había caído en el suelo víctima de la desesperación de su última conquista por deshacerse de su ropa. Las alisó con un suave movimiento de una mano, poniéndosela inmediatamente para camuflar estratégicamente el escondite del arma. Revisó de nuevo su teléfono antes de salir por la puerta y cerrar de modo que todas las luces quedaran apagadas una vez retirara la tarjeta del pequeño aparato junto a la puerta.
El frío apenas se dejaba notar para lo que era Inglaterra. Con suerte, todo acabaría pronto y podría refugiarse en la tranquilidad de un pub clandestino a celebrar el éxito de su misión. Él era una persona que por norma general no solía aceptar un no por respuesta, al igual que tampoco aceptaba un fracaso, eso fue todo lo que necesitó para que sus pasos le llevaran a paso ligero a un punto de encuentro muy cerca del puente que cruza hasta South Bank.
Ahí, era de suponer, estaría su contacto.
No tardó en deducir que la figura alargada que iba aproximándose bajo la tenue luz que las farolas dejaban a su paso era él. Coincidía con la descripción que le habían dado además de que parecía llevar consigo lo que le habían pedido. Era suficiente. Se tomó unos segundos en enviar un mensaje de texto antes de que estuvieran frente a frente. Era un hombre con quien aparentemente Isaak ya había tratado en varias ocasiones, pero para cerrar el trato, por decirlo de algún modo, se había decidido precisamente por él. Un tipo llegando a la mediana edad, cabello rubio y entradas que empezaban a delatarse. No dijo nada, ni hizo ningún ritual, simplemente extendió la mano, sonriendo, como si se acabaran de ver hacía cinco minutos.
— Lucas North, supongo.
Él se limitó a estrechar su mano con toda la firmeza y profesionalidad de la que se creía capaz.
— Así es. No habíamos tenido el placer de vernos en persona, Harold. Claro que esto ha sido algo más bien provisional. Isaak debería estar en mi lugar.
Sonrió, prácticamente como si estuviera recordando a un viejo amigo. Al mismo tiempo, era de estas personas cuya expresión siempre parecía que ocultaban algún tipo de velada intención. Aquello no terminó de convencerle, su profesión requería muy a menudo tener un ojo clínico para las personas. Saber cuándo están mintiendo, cuando están siendo honestos y cuándo tienen toda la intención del mundo de matarte, por ejemplo. En este caso, su instinto se decantaba más bien por la última opción. La oportunidad de comprobarlo por sí mismo llegó más pronto que tarde, precisamente por eso llevaba un arma. Todo pasó demasiado rápido para su gusto. Un pequeño movimiento en falso que captó al vuelo tras intentar cerrar el trato de una forma limpia como él estaba intentando hacer. Cuanto parecía tan simple como entregar un maletín pasó a ser algo mucho más serio. Dos hombres armados en mitad de la noche, adelantarse al siguiente movimiento, la adrenalina corriendo por sus venas tras el forcejeo y poco tiempo para reaccionar. El sordo sonido de balas rompiendo la tranquilidad Londinense, un ardor inmenso cruzando su hombro. Caer al suelo, calcular.
Y que todo acabe con el impacto de un cuerpo casi al borde del Támesis.
Lucas se levantó, tanto como el punzante dolor podía dejarle. Aquello dolía como el demonio, pero no más que la satisfacción de ver su misión cumplida. Otro tiro más le daría la seguridad de que el desgraciado que había pretendido tomarle por tonto no volvía a hacerlo. Cayó entre ceja y ceja. Tomó la mercancía con su brazo bueno.
Y el agua lo engulló.
La media sonrisa que emergió de sus labios antes de dirigirse al hospital más cercano (mucho temía que lo de su hombro no iba a curarse simplemente con el paso del tiempo) le demostró cuánto había aprendido y cuántas cosas habían cambiado desde que aquel chaval de veintiséis años asumió su primera responsabilidad en manos de alguien que confió ciegamente en sus habilidades.
****
En The Inn suele pasar de todo. Y a fin de cuentas, aquello era Niamh. Una Isla pequeña en la que prácticamente se conoce todo el mundo y donde abundan más los líos que la gente decente. Él lo sabía, se había criado con ello, había vivido con ello a pesar de que gracias al trabajo de su padre jamás habían pasado una pizca de necesidad, permitiéndole a ambos una casa en la mejor zona de la Isla. Por eso había decidido seguir sus pasos, y él no dejaba de mostrarse orgulloso por ello. Era su «único hijo y ojo derecho»; sintiéndose extremadamente satisfecho de que llevara su apellido y su sangre. Su madre, Margaret, no dejaba de hablar sobre cómo cada vez más se iba pareciendo a él. La única diferencia, lo único que a él le hacía diferente de su padre, es que había salido con los mismos ojos claros y profundos de ella. Podía notarlo, por cada año que cumplía, cómo iba pareciéndose cada vez más a él. No sólo en el aspecto físico. También en la forma de ser, en esa oscuridad que sabía que había dentro de su padre, en la forma en que jamás hablaba del trabajo en casa. Tal como él empezaba a hacer con su madre, cada vez le contaba menos sobre lo que hacía, o a toda aquella persona fuera del entorno laboral. No es que Margaret no estuviera preparada para escucharlo –ahora se preguntaba si su padre llegaba a casa contando las diversas anécdotas de su profesión, o si sencillamente le ahorraba el disgusto diciéndole simplemente que había sido un día duro, al menos cuando era más joven. Sabía que ahora estaba dejando en un plano más secundario el trabajo. O lo intentaba, pero intuía que el campo de batalla le seguía gustando tanto o más que antes – pero sencillamente no quería aburrirla con historias que harían que la siempre maravillosa imagen que había tenido de su hijo se emborronara para siempre. Aunque si había aprendido a amar a su padre, estaba seguro de que esto lo aceptaría, de hecho, a juzgar por las últimas conversaciones que habían tenido, era algo que daba por hecho.
Estaba sediento, con la adrenalina aún golpeándole con fuerza contra las sienes, una fina línea de sudor formándose en su frente mientras veía al cobarde salir corriendo de la puerta trasera del pub. La mujer se limitó a mirarle antes de coger sus cosas y marcharse.
Vaya, encima había perdido su oportunidad de oro esa noche. Bueno, su pérdida. No estaba tampoco de humor para soportar demasiada conversación. Iba a pedir una cerveza, cuando se dio cuenta de la presencia de un hombre que le estaba observando como si la escena fuera lo más fascinante de toda la noche. Iba a preguntarle qué demonios estaba pasando, hasta que habló.
- Tui – dijo – ¿Tienes sed, chaval? (*1)
No reconoció el saludo, salvo que estaba dicho en un idioma que desconocía –ruso, probablemente – y que le había señalado al preguntarle si tenía sed. Una copa de rosado o una cerveza no vendrían nada mal ahora mismo, así que se acercó, con la guardia alta de todos modos. La misteriosa persona que le estaba invitando a tomar algo parecía conforme con que le estuviera prestando su tiempo. Una vez estuvo a su lado, le ofreció un asiento próximo al suyo.
- Brian – dijo Lucas – Una pinta, por favor.
Su provisional compañero pidió una copa de vino blanco, él habría hecho lo mismo de no ser porque aquí confiaba en que ponían la pinta abundante, fresca y buena. Era la única ocasión en la que dejaba de lado su preciado vino. Fue entonces cuando tuvo la ocasión de fijarse en él: Parecía bastante alto, también. Las canas invadían sin timidez alguna su cabello, pero al contrario de lo que suele pensarse, él no era el tipo de persona en el que quedaban mal, más al contrario. Por alguna razón, ese toque de seguridad en sí mismo, acompañado por la determinación e intensidad en la que le había reclamado, era algo que de una retorcida manera le recordaba un poco a su propia actitud. Él también tenía ese deje dominante, esa manía de no ceder ni dejar que la otra persona se salga con la suya a la primera. Sus ojos grises le observaron detenidamente, antes de empezar a hablar una vez trajeron la comanda.
- ¿Cómo te llamas, chico?
- Lucas – Hizo una pausa tras recibir el agradecido trago de la cerveza – Lucas North.
- Isaak – se presentó él, estrechando su mano con fuerza – Siento la intrusión, pero no he podido evitar fijarme en la escena que has montado.
Hablaba inglés impecablemente bien para ser extranjero, de hecho, podía notarle incluso acento de Inglaterra. Se descubrió preguntándose si acaso aquel desconocido tendría familia por allí y por eso dominaba tan bien el idioma. En realidad, tampoco le importaba. Esbozó media sonrisa ante el – supuso – halago, o algo así (no terminaba de tenerlo claro) que aquel extraño le había dirigido.
- Por aquí no es tan raro como parece – bromeó – No he tenido un buen día, y ese tipo no me lo estaba poniendo fácil.
Isaak parecía entender muy bien a lo que se estaba refiriendo. Correspondió su gesto mientras le observaba picar alguna que otra patata de la cesta que les habían puesto. Dio un sorbo de su copa, parecía que estuviera deliberando lo que iba a decir a continuación, escogiendo las palabras adecuadas.
- ¿Trabajo? – tanteó.
- Algo así.
Entonces hizo la pregunta, una que posiblemente cambiaría el rumbo de la vida de Lucas North para siempre.
- Perfecto, porque quizás tenga una oportunidad para ti
Recordaba esas palabras, cómo el momento le pareció perfecto para aceptar, lo que necesitaba en el momento adecuado.
Cómo sus manos temblaron ligeramente la primera vez que sostuvo una pistola entre sus manos.

*1, Tui quiere decir tú , en ruso.


2. Lights.

El hombro bien podía irse a la puta mierda. Dolía, dolía como el mismo demonio y empezaba a estar increíblemente harto del cabestrillo que le habían encasquetado en urgencias. Lo peor es que todavía no estaba curado de forma que pudiera prescindir del maldito cacharro y eso suponía un problema. No era la cuestión estética la más molesta de todas, por supuesto, más bien la de estar sin trabajar. En vistas de que Isaak llevaba días sin dar señales de vida desde la última vez y que su estancia en Londres parecía que iba a alargarse, y la habitación de todas formas se la podía seguir pagando, no tenía por qué irse a otro sitio a toda prisa. Había estado complacido con su trabajo, por supuesto, como siempre. Tanto él como su compañero parecían increíblemente satisfechos. Lo cual agradecía. Porque le venía bien el trabajo, mejor aún lo que se le pagaba.
Mejor para él, podía tomarse unos días en la capital, las pocas ciudades que había visitado en este último año no había tenido apenas oportunidad de conocerlas como merecían. Esa noche había decidido abandonar el tedio del hotel. Tanto como podía beber en la soledad de su suite– aunque era raro que no estuviera acompañado por alguien, mayormente una nueva conquista de alguna de sus sesiones de cazería nocturna – podía hacerlo perfectamente en un lugar público que animara un poco más sus sentidos. El local no estaba mal, lo mejor que tenía por encima de todas las cosas era que podía casi establecerse una conversación normal con otra persona sin necesidad de quedarse ronco – Eso, para su voz grave de por sí, no era precisamente beneficioso. Sus dedos daban toquecitos una y otra vez contra la barra, esperando a que alguien le hiciera caso de una vez. El ritmo era realmente frenético esa noche, lo normal supuso tratándose de un Viernes. Le guiñó el ojo a una de las camareras acompañado por una sonrisa amable hasta que se acercó. Era guapa, aunque el uniforme del local no fuera precisamente favorecedor a un cuerpo como el suyo con unas curvas que se intuían increíbles bajo toda esa ropa.
— ¿Qué te pongo, guapo? — dijo, obviamente halagada ante el hecho de que hubiera centrado su atención en ella. Se colocó un mechón rubio tras la oreja.
— Vino. Rosado, por favor.
La chica estaba apuntando la comanda y antes de irse llamó su atención de nuevo, tampoco tuvo que hacer demasiado. La chica seguía pendiente de sus movimientos a pesar de que estaba a punto de marcharse. El ritual siempre es el mismo: las presentaciones, las miradas, el ofrecer un aperitivo después del turno. Una bonita promesa de un futuro encuentro, un roce casual disimulado en la escasa intimidad que ofrece una barra y agenciarle la mejor mesa para después tras una casual conversación a causa del cabestrillo que llevaba consigo. Jamás pensó que estar jodido podría ser un aliciente más a la hora de llevarse a alguien a la cama. Se deshizo de esa cosa lo justo para sacar su cajetilla de cigarros y el mechero del bolsillo de la chaqueta — para mayor desgracia, había sido el maldito hombro derecho — y casi sintió ver las estrellas con el simple movimiento. Contuvo el dolor, porque sabía hacerlo además de odiar mostrarse débil y menos en un contexto como este. Se encendió el cigarro y volvió a dejar su brazo en su posición inicial. Todo iba bien, hasta que camino a lo que sería la mesa que compartiría con Julia (así le había dicho que se llamaba) una escena imprevista se presentó ante sus ojos.
Había un hombre más bien de estatura media y que en principio tampoco parecía mucha cosa que estaba discutiendo abiertamente con Julia. Y a juzgar por todo el líquido derramado, sospechaba que había sido a causa de un desafortunado accidente. No quiso actuar en principio, simplemente observó la escena. Dejó la botella, la copa y su ración de aperitivo, sentándose mientras seguía saboreando el cigarro. Quizás no entendía de relaciones o de tener cosas duraderas con mujeres, pero si algo había aprendido era a comportarse como un caballero y saber cuándo están molestando más de la cuenta a una persona. Todo se fue de las manos cuando el tipo empezó a gritar más de la cuenta.
Ahí fue cuando estampó los escasos restos del cigarro en el cenicero y fue hasta donde estaban. Él le miró con cara de no saber qué demonios pintaba en esa escena mientras se acercaba.
— ¿Algún problema por aquí? — Dijo, si bien intentando sonar pacificador, su tono dijo todo lo contrario.
— Perdona, ¿tú quién eres, el dueño, el seguridad? — replicó, casi con impertinencia y señaló a la chica que estaba visiblemente disgustada — ¿O su novio o algo así? Me ha echado toda la cerveza encima.
— Soy un amigo, y es todo lo que necesitas saber. — dijo — Estoy seguro de que eso no es nada que otra cerveza y un cambio de camisa no puedan solucionar, ¿verdad?
Sus ojos miel le miraron con cara de pensar que todo esto se trataba de una broma, pero averiguó pronto que no era así cuando le vio la expresión que apenas había cambiado. Y no pensaba hacerlo. Estaba entre él y Julia, imponiéndose ante cualquier otra cosa que se le ocurriera hacer, como pasar de las palabras a las manos por ejemplo.
— La próxima vez — el hombre se acercó a Lucas y básicamente lo escupió en su cara — que quieras defender a la torpe de tu novia, espero que tú pagues la siguiente ronda.
— Oh, créeme. Espero no tener que hacerlo. Podría ponerse feo.
Y juraba que como el individuo siguiera molestando, lo haría aunque fuera con su brazo sano. Pero no hizo nada más. Se marchó, tan simple como eso. Cogió su cazadora de cuero — increíblemente parecida a la que él llevaba puesta — y salió al frío de la noche acompañado de otra chica que le estaba esperando mientras fumaba un cigarro.
La muchacha le miró con cierto punto de timidez, pero agradecida al mismo tiempo.
— Gracias. Me topo con tíos así a diario, pero este estaba siendo especialmente pesado.
Él se limitó a sonreír de medio lado.
— No es nada. Veía que te molestaba y quise ayudar — Hizo una pausa — Bueno, decías que terminabas en media hora, ¿no?
Ella sonrió, divertida ante su descaro. Lo que no sabía, lo que no sabían ambos, es que esa persona volvería al mismo bar semanas después. Que se llamaba Christopher Saxon, que compartían campo de profesión (que no jefe) y que por cosas del destino acabaron convirtiéndose en grandes amigos.
Y una de las últimas veces, una sonriente Julia, después de saludar a Lucas con un cálido beso al terminar de trabajar, les hizo una foto compartiendo la última cerveza de la noche.
Un momento que, posiblemente, jamás volvería a repetirse.
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